Winnie
Underconst


En 1934 Enrique Santos Discépolo escribió “Cambalache”. Su maravilloso y resentido tango termina con unos visionarios versos que se me antojan tremendamente acertados para ilustrar la incertidumbre que florece bajo los designios de la “estética del consumo” y la “cultura postmoderna”:
“Es lo mismo el que labura / noche y día como un buey,
que el que vive de los otros, / que el que mata, que el que cura
o está fuera de la ley...”
Mientras Discépulo pone palabras al sentimiento, Bauman (unos cuantas décadas después) disecciona des de la razón y nos explica como en la sociedad de nuestros abuelos se les educó para producir y por ello recibe el nombre de “sociedad de productores”. Esa sociedad se basaba en la “ética del trabajo” y respondía a unas normas mucho más estáticas que las actuales.
La “sociedad de consumo” que nos ha tocado vivir, se sustenta sobre un volátil motor que es la “estética del consumo” y tiene por combustible el “deseo insatisfecho”. Se nos educa como consumidores, así que somos en términos de lo que poseemos. ¿Recuerdan esa escena de “El Club de la Lucha” dónde Edward Norton nos presenta su casa (metafóricamente su vida) como un catalogo de IKEA?
El consumo necesita de la voracidad y de la temporalidad de los consumidores, así pues nuestros trabajos son temporales, nuestros productos son temporales, nuestras relaciones son temporales… por lo tanto no es de extrañar que nuestra identidad se torne móvil y temporal.
Ante este panorama, ¿a quien le extraña que la “cultura postmoderna” desconfíe de la razón y describa un yo mutante, flexible, dinámico? La modernidad exige al sujeto consumidor que se auto-construya, pero lo hace bajo ciertas paradojas: La identidad resultante (si es que todavía resulta útil este término) debe ser algo temporal y debe construirse sobre los productos existentes en el mercado. La “libertad a escoger” es el mayor de los derechos (y deberes) del hombre postmoderno… la trampa reside en que las opciones de elección vienen predeterminadas, como los “politonos” de los móviles que presumen de personalización.
Raza, genero, clase, profesión, cultura… se simplifican para convertirse en productos de consumo. Mientras Michael Jackson y Eminem toman el habitum de la “raza” (o según nos han enseñado los genetistas, deberíamos decir “etnia”) que les place, George Michael y Marylin Manson juegan con la ambigüedad sexual (bueno, este último con muchas otras cosas) i gente como yo asumimos conciencia de clases que no nos corresponden…
Poco importan estas diferencias en una sociedad de consumo… lo que importa es el nuevo “vellocino de oro”: el DiosDinero. La rareza, la diferencia ya no es signo de discriminación, lo es el poder adquisitivo, pues como dijo el maestro Discépolo:
“Igual que en la vidriera irrespetuosa / de los cambalaches
se ha mezclao la vida, / y herida por un sable sin remaches
ves llorar la Biblia / contra un calefón...”
Comments
Cambalache es genial , pero hay mas !
Uno de estos dias , te pasare una lista de tangos que te llevaran a la reflexion .
En cierta manera , Discépolo es como nostradamus :) a medida q pasa el tiempo , sus versos se acomodan a la realidad , y toman forma.
Citation... (un desvarío meditado)
Hace ya un tiempo cursé como de "libre elección" una asignatura de psicología que lleva (y lleva) por título "Psicología Cultural".
En esa asignatura nos tocó LEER (si, leer... algo que desgraciadamente tengo muuuy olvidado) textos básicos de algunos autores clave para entender en que consistía esta corriente y tras la lectura debíamos presentar nuestras reflexiones al respecto.
Hoy, haciendo limpieza de disco, he tropezado con este resumen sobre una lectura que hablaba de Bourdieu (bueno y de la abuela, a quien mandamos un beso, pues desde la virtualidad parece que estamos más cerca de dónde está ella ahora)... y reconozco que pese a lo bruto que soy, lo poquito que entrevi de este autor me gustó muy mucho.
http://es.wikipedia.org/wiki/Pierre_Bourdieu